En plena descomposición del modelo anticrisis del Gobierno del PP, al borde el país de la catástrofe propiciada por los ataques indiscriminados al Estado de Derecho y de Bienestar desde el Ejecutivo, con las instituciones europeas y los lanzallamas financieros abrasando ilegítimamente a nuestro Gobierno legítimo, aunque desnortado, a estos desnortados no se les ocurre otra cosa que cargarse de un plumazo el modelo de Radiotelevisión pública libre y plural que por primera vez se había puesto en marcha en medio de la legislatura de Zapatero. Justo en el momento en que más necesitábamos una radiotelevisión de todos, exactamente cuando la gravísima situación del país exigía la continuación de tan rara avis democrática y pluralista, como garantía mediática de la guerra común y solidaria contra la amenaza de destrucción masiva, justo en ese momento no se les ocurre otra cosa que poner en marcha un perverso mecanismo de desactivación de las libertades como el decreto que coloca de nuevo en manos del Gobierno la radio y la televisión de todos. La terrorífica ocurrencia se pone en marcha, con el incomprensible apoyo de CiU, en pleno hundimiento de Bankia, que paga y nos hace pagar a todos el jolgorio de un circo minado por las luchas políticas intestinas del PP y sus aledaños financieros. Y se hace tras varios días de acoso e intentos de derribo y descrédito del movimiento 15M, lo más limpio y regenerador que se ha inventado en las últimas décadas. Ni siquiera les queda ya resuello para seguir echando a Zapatero y al PSOE las culpas de todo lo que pasa, ni a Grecia ni a nadie que no sean ellos mismos. Yo no sé con certeza cuál es el papel que está jugando el presidente Rajoy, aunque no me creo que sea ese papel pasivo y noqueado que parece o que se le atribuye. Lo mismo me sucede con la otra política de este Gobierno, la del desmontaje de todo el sistema de avances sociales y de expansión de libertades (RTVE, por ejemplo) que se había montado durante los dos períodos de José Luis Rodríguez Zapatero, al que muchos ya añoran, incluso entre quienes no lo votaron.
Se habían pasado meses intentando crear la sensación de que el movimiento 15-M se había ido diluyendo desde su surgimiento un año atrás. No querían enterarse de que no solo estaba vivo sino que seguía trabajando sin descanso, aunque fuese sin la espectacularidad de mayo de 2011.
Pero es que en este primer aniversario los denigradores y despreciadores del movimiento se han llevado el chasco del siglo al comprobar que el apoyo inicial había crecido, que el movimiento había madurado mucho más, que los objetivos se habían ido clarificando poco a poco y que lo de menos eran las polémicas sobre su conformación e incluso sobre las formas de sus apariciones públicas, que han ocasionado indignas detenciones policiales y que no se han creído ni sus propios propaladores. Al fondo de tan patéticos comportamientos lo que hay sobre todo es un miedo pánico a que la ola de los indignados crezca y se fortalezca hasta el punto de poner en riesgo las bases de un sistema corrupto e injusto que está pudriendo los pilares del sistema democrático y constitucional que terminó con la dictadura.
Son muchas la maldad y la falta de categoría humana y moral las que se necesitan para adoptar las posturas que estamos viendo ante el fenómeno más importante desde la Transición. Y ante la reacción más limpia, sana, desinteresada y noble frente a las averías de esta democracia y de los sistemas representativos y frente a la degradación de la vida pública y social que ni siquiera se han corregido con ocasión de la profunda crisis socioeconómica y política en que estamos sumergidos. Y los que participamos de toda la filosofía del 15-M no vamos a engañarnos con pedir una imposible e inconveniente transformación en partido político, que achicaría su grandeza. El reto es transformar el conjunto de la sociedad y de todos sus resortes, también los partidos y las instituciones, impregnarlo todo con la ilusión de que otro mundo y otro país son posibles. A ver si así el miedo de muchos se transforma en participación y solidaridad con este movimiento hasta hacerlo irresistible.
La victoria de François Hollande casi seguro que no se traduce luego en la revolución mundial que ponga patas arriba el orden-desorden del sistema ultracapitalista. De momento, habría que conformarse con que se tradujera en un firme cambio de rumbo de esta Unión Europea que ha venido siendo mangoneada por Frau Merkel y su escudero Sarkozy. Desde antes de su victoria del domingo, el presidente electo de Francia ya había conseguido tumbar el talibanismo idiota y ofensivo de esa política económica -por llamarla de alguna manera- del recorte por el recorte, del ensañamiento/austeridad contra el Estado de Bienestar y de la suprema injusticia social del entreguismo con la banca (p. ej. Bankia) combinado con el acuchillamiento del pueblo trabajador, en expresión voluntariamente demagógica, aunque mucho menos que las sandeces que venimos soportando y escuchando dentro y fuera de España desde el recrudecimiento de la crisis. Hollande nos devuelve al menos la dignidad perdida, la esperanza destrozada y el comienzo del despertar de los pueblos de Europa. Porque su victoria ha venido acompañada por la derrota en Grecia de los culpables de aquella crisis y el nuevo tiempo con la victoria municipal de la izquierda en Reino Unido y autonómica en Alemania, en línea con la protesta que crece y con las derrotas que vienen en el decisivo Land de Nord-Rheinland-Westfallen, en varios países más de la UE y dentro de 16 meses en la propia República Federal germana. Por todo ello, Bruselas nos va a hacer el favor de flexibilizar las urgencias del déficit, de lo que nos enteramos al tiempo que vemos a Rodrigo Rato en su segundo gran coitus interruptus, al PP vasco rompiendo un estúpido pacto que nunca debió existir y a las autonomías no peperas bramando de indignación contra el poder central. Han perdido Andalucía y han perdido a Sarkozy, entre otras muchas cosas. Y todos hemos perdido ayer el sosiego al ver el espectáculo de Bankia, la víctima de los politiqueos culpables de quienes piensan que las entidades financieras tienen que ser manoseadas también por ellos.
Las elecciones presidenciales francesas suponen para todos los progresistas europeos la esperanza o el clavo ardiendo donde agarrarse. Es verdad que François Hollande no es un personaje supercarismático y ni siquiera a la altura de su antecesor Mitterrand, pero es lo mejor de todo el panorama europeo. No quiero entusiasmarme porque conozco bien el riesgo de que todo se vaya luego al garete, a pesar de los vaticinios de las encuestas para la segunda vuelta. Las agarraderas de la derecha y de la ultraderecha son más fuertes de lo que se ve por fuera y los resortes de Sarkozy idem de idem. Y la potencia del hipercapitalismo mundial y su paralelo hiperconservadurismo luego nos traen decepciones como las de Obama, Lula u otros que intentaron cambiar el mundo. Pero si no afrontamos el futuro con un ápice de optimismo, más vale que nos vayamos todos al hoyo por la senda del abandono. El 6 de mayo lo más probable es que el candidato socialista sea elegido presidente de la República. Y que esa fecha sea el primer día para el cambio al menos a escala europea. Porque el camino que llevamos hasta ahora conduce a la nada y a la ruina económica, política, social y moral. Pero no solo en España, que sobre todo, sino en este continente que un día albergó la ilusión al conjuro de los padres fundadores y que luego pasó por una etapa en la que no todo estaba perdido, en los ochentas y noventas. No como ahora, que no se nos ocurre otra cosa que afrontar la terrible crisis económica con armas ridículas, inútiles e inhumanas. Obama intenta otra alternativa a la destrucción económica y social europea. Veamos si la probable victoria en Francia de Hollande se convierte en el comienzo del camino de la alternativa constructiva y creadora que nos devuelva no solo el crecimiento y el empleo sino también la tensión de la regeneración democrática, social y cultural que Occidente debería merecerse. En la Historia llegaron de Francia no pocos de los grandes impulsos en esa dirección, mucho más que de Alemania, dicho sea con todos los respetos a su creatividad industrial y filosófica.
Estoy seguro de que a todos los españoles les gustaría saber hasta cuándo va a durar este interminable tobogán de recortes y de amenazas o ya claras transgresiones del Estado de Bienestar que había costado más de un siglo construir. Cuando se acaban de perpetrar grandes zarpazos a la economía nacional y familiar, siempre se anuncian otros nuevos que en seguida llegan pero con perfiles siempre mucho más graves que los que se habían anunciado. Y nadie del Gobierno ni de ninguna parte nos da las inexcusables explicaciones que exigen la democracia, el sentido común y el mínimo respeto a la ciudadanía. Por ejemplo, nada más lanzar el proyecto de Presupuestos, se nos sorprende con un nuevo recorte brutal de 10.000 millones de euros más, que seguramente es una inmensa improvisación, pues de lo contrario habría figurado ya en el proyecto presupuestario. La seguridad jurídica, la seguridad económica y la seguridad política han desaparecido de nuestro panorama por primera vez desde la caída del franquismo, al margen ya de la anunciada, impúdica e inconstitucional amnistía fiscal. Y se nos dice este martes que Bruselas, aunque le parecen bien los desaguisados perpetrados ya, exige mucho más: entrar también a saco en los presupuestos de las Comunidades Autónomas, de la Seguridad Social y de no sé dónde más. Es el tobogán interminable, o la noria siniestra de nunca acabar. Y el ministro Guindos, venga con que la economía española no tendrá que ser intervenida, como si todo lo que pasa no fuese ya una auténtica intervención. Y estos son los gobernantes que ponían a parir al anterior Gobierno, incluso lo siguen haciendo, por haber cometido la milésima parte de desaguisados de los que ellos llevan en los tres meses y medio que ocupan el poder. Qué vendrá después de los nuevos recortes anunciados en Educación y Sanidad, qué vendrá, Dios mío de los cielos, Virgen Santa de los Desamparados, Jesús del Gran Poder, después de no sé cuál de las dos poderosas con la cruz a cuestas. Estoy seguro de que han seguido ustedes mis consejos de rezar hasta la extenuación.
Todavía bajo el humo de los fastos del segundo centenario de la Constitución de Cádiz, excesivos y sellados por el descaradísimo aprovechamiento partidista de los que están en el poder, que confunden neoliberalismo con liberalismo en su acepción política de progresismo de izquierda, que era su significado hace dos siglos y lo sigue siendo en Norteamérica y otros lares. Todavía envueltos en esa humareda que trata de disimular la sustancia del texto de 1812, sobre todo donde proclama la separación de poderes. Todavía abrumados por la juerga seudoconmemorativa y el abuso de aquella denominación simpática entonces y vaciadora de contenidos ahora, eso de La Pepa. Todavía ahí, de pronto salta la meganoticia de la condena a seis años de prisión al que fue presidente de Baleares y ministro de Aznar, Jaume Matas, por algunos -faltan muchos más- de los delitos que se le imputaban. Eso sucede cuatro días antes de las elecciones de
Andalucía (y Asturias) y todavía no se ha evaluado el impacto que en ellas debería tener, ya que no lo tuvo ni el 22-M ni el 20-N. Me gustaría oír a Javier Arenas explicar por qué el tema de los ERE, que es grave y vergonzoso, pero no afecta a ningún presidente socialista, tiene que ser determinante para el voto de los andaluces, cuando lo de Matas lo han escaqueado y lo siguen haciendo y nunca dijeron que tuviese que tener ningún efecto electoral, que de hecho no lo ha tenido, como tampoco en la Comunidad Valenciana lo han tenido otras cosas tan graves. Extraño país este que produce semejantes desigualdades en cuanto a los efectos del comportamiento de los políticos. No basta con que todos los españoles sean iguales ante la ley según la Constitución. Esa igualdad debería manifestarse en todos los terrenos y desde luego en el electoral. Con todo lo que está ocurriendo, la crisis y sus consecuencias, la corrupción y las suyas, los lectores me perdonarán que no haya entrado con entusiasmo en los fastos conmemorativos de la Constitución sanamente liberal de 1812. Otra vez será y que Dios lo vea.